Masculinidad y feminidad: un problema de dosis

Es del todo evidente que en el mundo profesional la inmensa mayoría de puestos de dirección o liderazgo han estado en manos de hombres desde tiempo inmemorial. Desde hace algunas décadas, con el acceso masivo de la mujer al mercado laboral, se ha empezado a vislumbrar el comienzo de la aparición de la mujer en puestos de mayor responsabilidad. Pero es evidente que esta tendencia es muy incipiente y desde todo punto de vista insuficiente.

La experiencia nos dice que cuando las mujeres han ido accediendo -a cuentagotas, ciertamente- a espacios de poder, algunas han utilizado a veces conductas y actitudes de lo que se ha entendido tradicionalmente como masculinas: arrogancia, ego, dominancia, competitividad exagerada, p.e. Tal vez no han tenido más remedio que mostrarse de esa manera en la creencia o constatación de que de otra manera no iban a ser tenidas en cuenta o simplemente escuchadas. Muchas han asumido que en su feminidad estaba su punto débil. Entendida la feminidad tal como lo hicieron en varias encuestas un elevado número de mujeres directivas en Estados Unidos hace unos años: es decir, la característica de personas emocionales, empáticas, fuertes, compasivas, intuitivas, creadoras de relaciones, verbales, creadoras de consensos y colaborativas.

Tengo la sensación de que al definir la masculinidad y la feminidad ha habido una cierta tendencia a valorar la primera en su aspecto más negativo y exagerado, cosa que no se ha hecho con la segunda. Estamos una vez más ante un problema de dosis: cualquier característica se convierte en virtud o defecto en función de las dosis con la que es ejercida. Por ejemplo, la competitividad que en su justa medida es una virtud, puede llegar a convertirse en algo nefasto pasados ciertos límites.

El gran reto que debemos afrontar en un próximo futuro es conseguir la igualdad de oportunidades para personas de distinto sexo en todos los ámbitos de la existencia, y que las características atribuidas tradicionalmente como masculinas o femeninas no representen un obstáculo para el desarrollo de labores de dirección y liderazgo. Una tarea que requiere inteligencia, responsabilidad, valentía y sutileza para no caer en el error de querer equilibrar una situación mediante la creación de un nuevo desequilibrio. Es en la elevación del nivel de calidad de las personas de ambos sexos donde está la solución para tener liderazgos sólidos.

Javier Salvat

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