Liderazgo, éxito y soledad por Erkuden Senar

Decisiones, decisiones y más decisiones… ¿acaso no tenemos que tomar mil y una decisiones en nuestro día a día? ¿Qué voy a desayunar hoy? ¿Me compro un vuelo a Canarias? ¿Qué tareas voy a priorizar en el trabajo? ¿Voy a sacar tiempo para hacer ejercicio físico? ¿Voy a cambiar de carrera profesional? ¿Voy a firmar una hipoteca? ¿Voy a apostar por la maternidad? Algunas son simples, otras no tanto. Algunas nos cuestan más, otras menos.

Tenemos el privilegio de vivir en un mundo lleno de oportunidades y la capacidad de diseñar nuestra vida «a la carta». Para ello debemos ser conscientes de la existencia de ese poder de decisión y de influencia que tenemos sobre nuestra propia vida y por ende sobre las metas personales y profesionales que nos proponemos. Esa capacidad de dirigir y diseñar nuestra vida, para algunos puede resultar algo abstracto e inalcanzable, otros lo llaman madurez, mientras que yo prefiero definirlo como autoliderazgo.

Por lo general, bien sea por nuestra naturaleza humana-social o por los estándares marcados en la sociedad, puestos a elegir preferimos que nuestras decisiones tengan un resultado feliz y una buena aceptación social. Es decir, tomar una decisión y que estemos satisfechos tanto nosotros como los que nos rodean es un éxito. Cuando las cosas salen bien, ¡todos contentos en el mundo de yupi!

Pero debemos recordar que la toma de decisiones es una acción individual, que somos responsables de nuestras propias acciones y por ende estamos «solos» a la hora de la verdad. Hay quien pueda revelarse y contraargumentar que la toma de decisiones no siempre está en nuestras manos, que a veces tendemos a ceder por evitar conflictos con nuestra pareja, o por estar en armonía con nuestra familia, por no desentonar entre nuestro grupo de amigos, y qué decir de las cosas que no llegamos a manifestar en el ámbito laboral por miedo a quedar mal y perder nuestra reputación profesional.

No obstante, pensemos, el simple hecho de callar, de «no hacer nada» y dejar que el grupo decida por mí ya es una decisión en sí misma. Quizás no una decisión consciente, pero eso no perdona el hecho de que debamos responsabilizarnos por ella.

Todo el peso recae en nosotros, y no me digáis que eso no es aterrador.

Menudo planazo, ¿verdad? Llevar encima esa presión, en ocasiones autoimpuesta, sobre la necesidad de tomar buenas decisiones sin defraudar a nadie, y en especial sin defraudarnos a nosotros mismos.

¿Qué pasaría si, en aras de disminuir ese miedo e inseguridad, nos quitáramos la presión de éxito colectivo y de agradar a los demás?

Tener que responder a una decisión tomada de manera inconsciente o en contra de nuestra verdadera voluntad no resulta del todo atractivo. No es de extrañar los altos niveles de frustración y victimismo que observamos a nuestro alrededor.

¿Cómo podemos darle la vuelta? ¿Y si hubiera una manera de ganar consciencia y de alinear nuestra toma de decisiones del día a día con nuestros valores y nuestro compromiso hacia la persona que queremos ser y por ende la influencia que queremos generar en nuestro entorno? Puede parecer una fantasía, pero las cosas son más simples de lo que parecen. Estamos ante el concepto de ser fiel a uno mismo.

No suena mal, ¿verdad? Pero muchos pensaréis, ¿cómo llegamos a ese estado? ¿cuál es el punto de partida? Bien, a pesar de que frases populares como «el dinero no da la felicidad» o «el amor vence al dinero», la realidad es que el dinero es necesario para vivir, eso es algo innegable. La clave está en cómo lo conseguimos y qué significa para nosotros. Hay mil maneras de hacerlo, un abanico enorme de fuentes de ingresos, algunas más creativas, otras más exigentes, otras que requieren más tiempo, otras más monótonas, algunas arriesgadas, otras humildes, algunas mejor remuneradas, otras menos… pero paremos y observemos por un momento en el sentido que tiene esa ganancia económica y en cómo podemos alinearlo con la idea de ser fiel a nosotros mismos.

¿Qué pasaría si tuviéramos la capacidad de ser proveedores de nuestro propio sustento y tuviéramos la posibilidad de decidir cuál es la mejor forma de hacerlo? He aquí nuestra gran aliada, la autonomía financiera, que nos permite vivir nuestra vida con nuestros propios recursos económicos sin la necesidad de depender de otras personas. El cómplice perfecto de la auto fidelización.

La toma de decisiones seguirá siendo parte de nuestro día a día, seguiremos buscando éxito y sintiéndonos solas a la hora de elegir, pero hacerlo desde una posición fuerte e independiente es más favorable que hacerlo desde un lugar de dependencia económica. Un águila no puede volar si está atado en una jaula y no tiene las alas libres. Nosotras somos águilas, unicornios o gacelas (¡recordemos el poder de decisión!), y la autonomía financiera es el punto de partida hacia esa libertad y la mejor versión de nosotras mismas. Tenemos la capacidad de volar, solamente necesitamos decidir hacerlo.

¿Qué pasaría si, en aras de disminuir ese miedo e inseguridad, nos quitáramos la presión de éxito colectivo y de agradar a los demás?

ERKUDEN SENAR

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