Como le ocurre a cualquier concepto, la respuesta depende de cómo lo definamos. Podemos considerar el liderazgo como la capacidad formal o de impacto para dirigir a un grupo hacia un objetivo, o como un proceso ético y sostenible de desarrollo de personas.
Desde una perspectiva funcional o formal, un líder narcisista sí es un líder, ya que ejerce influencia, toma decisiones y puede movilizar a una organización. Sin embargo, desde una perspectiva moderna y ética, la mayoría de los expertos en desarrollo organizacional sostienen que no es un «verdadero» líder, sino una figura de autoridad con severas deficiencias estructurales.
Apoya este argumento su capacidad de visión y persuasión, una aparente seguridad y la habilidad para vender visiones ambiciosas que pueden atraer a muchos seguidores, principalmente en momentos de incertidumbre. Por otro lado, líder narcisista está orientado a obtener resultados a corto plazo, lo que puede llevar a tomar atajos peligrosos.
Ahora bien, mientras el liderazgo “legítimo” busca el desarrollo del equipo y la consecución de una meta colectiva, el líder narcisista instrumentaliza a la organización y a sus colaboradores para su beneficio y engrandecimiento personal.
Son características del narcisismo la falta de empatía y la ignorancia del feedback, la atribución de los fracasos a los demás y la apropiación de todos los aciertos, lo que va en detrimento de la confianza del equipo.
A largo plazo, el líder narcisista genera entornos de trabajo tóxicos y alta rotación de personal, sofoca la innovación (por miedo a represalias) y crea una dependencia crítica hacia su persona, dejando organizaciones frágiles cuando se retira.
Tal vez el reto esté en lograr despojar al líder narcisista de su parte tóxica y conservar sus aspectos positivos para convertirlo en un líder “legítimo”. La pregunta del millón es: ¿Es eso posible? ¿Existe la posibilidad de que un narcisista adquiera conciencia de su situación y sea capaz de soportar ese cambio sin que se sienta desnudo e incapaz?


